Turon Barrere: a 29 años del triple crimen

Turon Barrere: a 29 años del triple crimen

El caso ocurrido en la zona rural de El Tejar

En la zona rural de El Tejar, Partido de 9 de Julio, el sábado 9 de febrero de 1991 fue asesinada la familia Turon Barrere. Cuatro días después empezaron a buscar a sus integrantes y una semana más fueron hallados los cuerpos. Mañana se cumplen 29 años del trágico hecho.
El 13 de febrero del año 1991 fue denunciada la desaparición de la familia Turon Barrere, radicada en un establecimiento rural de El Tejar. El sábado 16 aparecieron los cuerpos. El hallazgo de los cuerpos (baleados) fue en un zanjón sin agua en cercanías de la zona de Neild el sábado 16. Nicolás Turon Barrere (66), Edith Catalina Buscaglia (54) y Nicolás Turon Barrere (11) fueron víctima de un crimen: los ejecutaron con una carabina.

TURON BARRERE,
NUESTRA FAMILIA
Historia y tragedia
El homenaje en otro 9 de febrero

La vida de un hombre, única como su muerte, será siempre algo más que un paradigma y otra cosa que un símbolo.
Jacques Derrida

El origen siempre es mito. En la historia y en la poesía.
Desde esa frontera entre palabras y sentido emerge esta historia. Que se inicia en la figura de quien fuera su fundador, Don Pedro Turon Barrere.
Algunos comentarios ordenados en el tiempo y en el espacio, algunas pinceladas que intentan edificar las relaciones cuya huella es la herencia y la impronta que nos ha dado las mayores aproximaciones identitarias.
Darle un tiempo de inicio es, pues, mitificar sobre un comienzo que pudo haber sido allá en el pequeño pueblo francés de los Pirineos, llamado Lucq de Bearn, cuando Don José Turon Barrere y Doña. Caterine Pouyade se casaron ante la pequeña Alcaidía del pueblo el 9 de junio de 1842.
O tal vez en el año 1782, con el nacimiento de Francois Turon dit Barrere, padre de Don José, inscripto en el canton de Moneim, también en la llamada antigua Nabarra, espacio de los gascones pirenaicos.
Lucq de Bearn es un muy pequeño pueblito situado en el medio de las montañas. Y aunque situada entre bellos paisajes la vida de montaña es dura, las posibilidades de supervivencia son desfavorables, se necesita temple y coraje para sobrevivir entre el frío y la roca inhóspita y agreste. En este contexto nacieron seis hijos, del matrimonio de Caterine y José. Pedro fue el menor, en su partida dice que nació el día 22 de marzo de 1859 a las dos de la tarde. Inicios de la primavera en el continente europeo, nada podemos decir de su infancia, ni de su adolescencia, sólo conjeturar que ya tenía en su mirada la visión de otros destinos y otros rumbos.
En un buque, llamado “El Senegal”, procedente de Burdeos arribó al puerto de Buenos Aires el día 15 de mayo del año 1887, había cumplido 28 años, y traía consigo como única compañía su clarinete y muchos sueños. Nuevamente la conjetura nos orienta hacia el partido de 9 de julio dónde vivían algunos amigos de la familia también emigrados como él.
Este concepto, el de emigrado requiere de alguna reflexión. Ana Arzoumanian nos dice que la figura del emigrado conlleva en sí lo traumático, en tanto desarraigo de su lugar de origen y adopción de una lengua nueva. La lengua de la sociedad de recepción a la cual brindarle esperanza, pero también esfuerzo. Lo extraño. Lo desconocido. Lo incomprensible.
Un nuevo registro simbólico lejano al materno, a las primeras palabras pronunciadas en el seno familiar. Cambiarlo, tomar otros signos como propios para adaptarse al entramado social de la nueva pertenencia.
Todo esto vivió don Pedro, nuestro abuelo. En otros tiempos en que la distancia determinaba soledad, y alejamiento definitivo de los amores primeros.
En su sangre bearnesa el espíritu gascon le acordó la fortaleza para rehacerse y emprender el proyecto de vida familiar que alojaba en su corazón y en su mente.
Así fundó su familia junto a Nicolasa Andrada, quince años menor que él y muy bella. Fue en el año 1901, precisamente un día 9 de febrero. Extrañas paradojas del destino, la misma fecha en que un golpe brutal y asesino destruyó la vida y la familia del menor de sus hijos.
VIVIR EN EL CAMPO
Primero en la zona de C.M. Naón y luego en El Tejar, el alquiler de un campo pequeño motivó su potencial hacia la construcción de una familia. La cría de ovejas, el tambo, las mieses, el ganado, todo ingresaba en las actividades con las cuales sostener la vida familiar y la crianza de sus hijos. Numerosos, desde la llegada de José, al poco tiempo de casados, luego Pedro, Domingo, y Carmen.
En 1912 nació nuestro padre, Vicente, y luego Eduardo. Detener la narrativa bucólica para dedicar memoria también a quien inexplicablemente sufriera momentos de extraña alteración, y fue a morir en las cercanías de La Plata, en un neuropsiquiátrico, allá por el año 1941. Joven, fuerte e inteligente. Tal vez una demanda de la vida, tal vez otro misterio y como tal inexplicable.
Los hijos menores fueron Silveria y Nicolas. A más de veinte años de nacido José llegaron renovando la infancia en el hogar laborioso y fecundo.
En esos tiempos y en esos parajes la escuela estaba distante, y el trabajo era intenso, Don Pedro se ocupó personalmente de la educación de casi todos sus hijos, aquella formación juvenil en la Francia iluminista y modernizadora del mundo estaba inserta en su identidad tan fuertemente que lo transmitió en la conducta y con ella en la ética familiar sobre la que se organizó la familia.
Decir ética es hablar de las costumbres que se establecen en lo cotidiano de los lazos que integran lo familiar. De las secuencias, los gestos, las miradas, las conductas, solo explícitas en la acción y no en el discurso. La ejemplaridad parental que establece identidad.
Un fuerte sentido de la solidaridad fraternal, el concepto de familia por sobre todo, un grande y profundo amor que se respiraba en la humilde casa de paredes de adobe. Así lo hemos vivido quienes pudimos participar de algunas vivencias, y lo recibimos como la rica herencia a resguardar para los tiempos.
La disciplina del trabajo. Cada día todos con su misión en las labores del campo, se levantaban a las tres de la mañana para cumplir con la del ordeñe, y luego llevarlo a la famosa lechería que en aquellos tiempos estaba situada en los aledaños del pequeño pueblo de “El Tejar”.
La siembra y la cosecha. Largas jornadas y luego la reunión en las noches alrededor de una antigua y enorme cocina a leña. Trabajo y amor sostenían y nucleaban los esfuerzos para continuar con la tarea de producir en la tierra de ese campo amado, respetado, cuidado. Gestos de profunda e inenarrable simpleza, pero enormes, excediendo palabras o acontecimientos. Muchos años después en M. Heidegger reencontré algo de esto y la reflexión..”Lo sencillo conserva el enigma de lo perenne y de lo grande” .

EN EL FINAL LA TRAGEDIA
Nicolás fue el hermano que asumió la responsabilidad de mantener esa fracción de campo heredada en el pueblito de “El Tejar”. Su vida sencilla tuvo la recompensa de una compañera, Pelusa, y de un hijo, Nicolasito, bello y feliz retoño de esta nobleza, quien solo vivió hasta sus diez años.
Un día cálido del mes de febrero, figuras homicidas ingresaron en aquel campo y en sus vidas, los tres fueron asesinados y abandonados al costado de un camino.
A casi treinta años del infausto día, de la infausta hora, de la crueldad de un acontecimiento cruel, el silencio sigue cubriendo una verdad que buscaremos, obstinadamente, hasta que emerja.
Los relatos oficiales fueron metáforas.
Se caerán, habrán de caerse porque fueron solamente eso, relatos.
Tres vidas, y sus ausencias, aún esperan la verdadera justicia.
Y como cada año, el homenaje del amor, en el compromiso, en la recordación, en el grito.