Soliloquios de un memorioso

Soliloquios de un memorioso

CURANDEROS : USOS Y COSTUMBRES

Tal vez en estos tiempos haya mermado la existencia como la utilización de un recurso otrora tan popular como el de los llamados «Curanderos». No tengo datos para sostener esta suposición pero al menos creo que no es motivo de conocimiento o que se difunda como ha sido costumbre.
Existían malestares de diverso orden y algunos eran tratados con distintos métodos. Como consecuencia existía también una cantidad considerable de personas que practicaban las curaciones. Hubo quienes llegaron a tener mucha fama y para algunos casos la opinión popular llego a pensar que tenían ciertos «poderes», con lo cual ya se entraba en un campo de lo sobrenatural.
Los males más conocidos eran «empacho», «ojeadura» o «parásitos». El primero tenía dos formas de curación, «tirando el cuerito» que consistía el una especie de pellizco en la zona lumbar y el otro era a través de la cinta. En este último caso quien curaba tomaba una cinta desde una punta y el paciente colocaba la otra en su pecho. A partir de allí quien curaba rezaba unas inaudibles oraciones y con su brazo iba recorriendo la cinta hasta llegar al pecho. El diagnóstico era de mayor o menor severidad según la altura a la que llegaba la mano sobre el pecho del atendido. Esto se repetía varias veces hasta que la mano bajaba en su llegada y significaba el final del tratamiento.
Quienes practicaban este método, según recuerdo, recibían las facultades para hacerlo de otros ya investidos en las mismas y la ceremonia de transmisión debía ser en determinadas fechas. Había muchas personas que podían hacer esto y a las que recurrían familiares y conocidos.
La «ojeadura» o «mal de ojos» era un mal que generalmente afectaba a las criaturas pequeñas. Por esa causa es que quienes curaban no necesitaban estar directamente con el enfermo sino con sólo tener una prenda le bastaba para poseerla en sus manos y mediante oraciones, también inaudibles, practicar la cura. Lo notorio era que mientras hacía esto la persona que curaba era afectada por permanentes y largos bostezos.
En el caso de los «parásitos» quien curaba colocaba en un plato agua y algunas gotas de aceite, luego unos pedazos de hilos de coser. El malestar se detectaba porque mientras rezaba los hilos se retorcían en el líquido. Se aconsejaba dar a los niños y en ayunas las pepas de las semillas de zapallo embebidas en miel para así combatir los parásitos.
Como anticipé hubo personas que fueron muy conocidas por tratar estos males y también pero no tan difundidos como los que detallé.
Esas personas eran muy dignas y nadie podría decir que hacían un ejercicio ilegal de la medicina ni muchos menos ya que no cobraban y lo que indicaban eran productos naturales y de uso común. También se decía que sólo «curaban con palabras».
Recuerdo con buena opinión sobre ellos al señor Anca y al famoso don Avelino González, muy populares, reconocidos y respetados. Pero hubo un caso que siempre me sorprendió y era el de don Eduardo Moledo más conocido popularmente como «don Eduardo». Mi sorpresa viene de un hecho inolvidable que se verificaba año tras año en el día de los muertos. En aquellas épocas y para ese día la concurrencia al cementerio era numerosa y dado que no había medios de transporte y más carruajes que autos, se generaba una especie de peregrinación que recorría lo que entonces se llamaba «el boulevard», una calle dividida en dos por una tupida arboleda que llegaba en paralelo a la vía hasta las cercanías de la necrópolis local. Ocurría que la gente rendía homenaje a los muertos en su día pero había una tumba que me llamaba la atención porque desbordaba en montañas de flores y era precisamente la tumba de ·»don Eduardo». Significativo homenaje de la gente a ese hombre que había muerto ya hacía varios años antes de que yo registre este recuerdo. Tanto homenaje seguramente correspondía a quien había sido una gran persona.
EL MEMORIOSO