¡Rajemos que vienen los marcianos!

¡Rajemos que vienen los marcianos!
Por: Ana María Ford - Periodista

El 30 de octubre de 1938 buena parte de los ciudadanos de Estados Unidos entró en pánico. No era para menos, el rumor era imparable: una flotilla de naves extraterrestres depositaban en el territorio hordas de marcianos que desplegaban rayos fulminantes y gases letales que amontonaban cadáveres al lado de edificios arrasados; las aguas estaban todas contaminadas y los vehículos de los que trataban de huir quedaban detenidos en las carreteras atestadas. La hecatombe había comenzado en Nueva Jersey y avanzaba hacia otras ciudades incluidas la ya poderosa Nueva York.
No faltaron los que, inconcientemente, trazaron en sus mentes una curiosa simbiosis de terrores; los invasores podían ser marcianos o los nazis que sembraban destrucción y muerte en la Europa sangrante de la segunda guerra mundial.
La cosa no fue tan cierta. Si lo hubiese sido, es probable que estas líneas no se hubiesen escrito.
De todas maneras las crónicas de los días posteriores hablaron de muchísimos muertos por accidentes al tratar de huir hacia alguna parte o por suicidios buscados como escape definitivo del terror.
Si bien pronto se supo la verdad de lo sucedido, ese domingo 30 de octubre los rumores se retroalimentaron hasta lo indecible.
No habrían sido tantos los muertos pero no había en ese tiempo, 82 años atrás, las herramientas para contar con datos fehacientes. El polvo de la historia fue tapando el episodio que hoy es sólo un recuerdo borroso.

Una flotilla de naves extraterrestres depositaba en el territorio hordas de marcianos que desplegaban rayos fulminantes y gases letales que amontonaban cadáveres al lado de edificios arrasados; las aguas estaban todas contaminadas

Un realismo inigualado
En 1898 un escritor inglés, Herbert Wells, escribió una novela a la que tituló “La guerra de dos mundos” en la que narraba una invasión marciana. (Se lo considera el padre de la literatura distópica, apocalíptica o de ficción).
Cuarenta años después, un guionista y productor de cine norteamericano llamado Orson Welles que por ese entonces tenía 23 años, se interesó en la obra del inglés y decidió adaptar la novela a un guión radial. La emisora elegida fue la CBS y la fecha elegida el domingo 30 de octubre.
Fue un trabajo titánico que incluía todos los aditamentos de un programa radial. Se previó que a medida que avanzaba el parlamento que informaba sobre la presencia de los marcianos, llegasen reportes de las fuerza de seguridad, testimonios de vecinos enloquecidos de terror, sonido ambiente de los bocinazos en las carreteras
No faltó nada para lograr un realismo que, teniendo en cuenta la época, no habría sido igualado. Hasta se escuchó un mensaje del presidente Franklin D. Roosevelt, reconociendo que el país estaba a merced de los marcianos y pidiendo calma…

Lo que pocos escucharon
Welles era consciente de lo que hacía, conocía el poder de alcance de la radio; por eso antes de comenzar la trasmisión que duraba 60 minutos, aclaró que se trataba de una ficción. Parece que fueron pocos los que escucharon la aclaración o “la agarraron empezada”.
Lo cierto es que fueron miles los que creyeron que el relato era el desesperado aviso de una realidad apabullante, terrorífica. Y es cierto de toda certeza que hubo estampidas, fugas alocadas hacia no se sabía dónde, accidentes. Que hubo suicidios y que tardó en retornar la calma.
Quizás las zozobras de la guerra que no era ficción sino una durísima realidad, llevó a olvidar pronto la ficción con la que un veinteañero hizo temblar a tantos con la sola arma de un micrófono.

¿A quién creerle?
El recuerdo del episodio de “La guerra de los mundos” vino a la memoria en estas jornadas en las que las noticias, las versiones y las desmentidas acosan por todos lados. Qué difícil encontrar una roca equidistante sobre la cual poder pararse. Hasta el que se puede considerar serena y equitativamente informado, siente el aguijón de la desconfianza.
¿Será así? ¿Lo dice porque está convencido o porque le dijeron que lo dijese? ¿Se maneja con independencia o recibe instrucciones? ¿Interés auténtico por el bien común o chicana? ¿Está convencido de lo que dice por más alarmante que sea o “le falla un poquito”?
A estos interrogantes que nos acicatean a diario cuando nos sometemos a los bombardeos informativos que pretenden anoticiarnos sobre la realidad institucional o política, se suman otras que desconciertan un poco (o mucho)
¿Qué significa en la historia de nuestro ajetreado mundo que días atrás la palabra Messi superó en las redes sociales globales a la palabra Covid? ¿Es posible que “un muchacho, millonario y buen jugador” (la definición pertenece a Martín Caparrós) valga o cueste tanto?
¿Qué nos dice, como criaturas racionales que somos, las piruetas a las que son sometidos los valores, sustento de nuestra vida?
Todo está al alcance de nuestros oídos, como lo estuvo, hace un montón de décadas, la versión radiofónica de La guerra de dos mundos”.
Y a veces nos confundimos, aunque no tanto como entonces. Por suerte.