Primero fusilado, después jefe de la policía Bonaerense

Primero fusilado, después jefe de la policía Bonaerense

Su impacto en el escenario político da cuenta de una constatación elemental, previa a cualquier indagación: es imposible entender el devenir bonaerense reciente sin asomarse al de su principal fuerza represiva.

Pocas historias demuestran mejor esa interrelación que la de Julio Troxler, un oficial inspector de la policía Bonaerense que, pese a esa baja graduación, llegó a ser el jefe más heterodoxo de esa fuerza, un cargo al que llegó luego de sobrevivir a un fusilamiento ilegal a manos de sus compañeros de armas en un suburbio del mismo Conurbano donde se agitó por estos días la protesta.

“Me llamo Julio Troxler. Volví pensando encontrar algún compañero. No encontré a nadie. No había nada que hacer. Estaban todos muertos. Me fui. Después supe que no era el único sobreviviente”. Ese relato redondea, como voz en off, la escena de apertura de Operación Masacre, el film que rodó de modo clandestino Jorge Cedrón, en el que Troxler se interpretó a sí mismo.

Una filmación clandestina. Afiche de la película en la que Troxler hizo de él mismo.

La historia que se cuenta allí es la del clásico de la nonfiction de Rodolfo Walsh, “Operación Masacre”: los fusilamientos de José León Suárez ordenados por la dictadura que realizó el golpe de Estado contra Juan Perón en 1955. Esos crímenes formaron parte de los 27 fusilamientos ilegales que se ordenaron para responder al levantamiento de los generales peronistas Valle y Tanto, una historia relatada magistralmente en otro clásico de la investigación militante, Mártires y Verdugos, de Salvador Ferla.

Pero la de Troxler tiene una particularidad: los crímenes del basural del distrito bonaerense de San Martín fueron ordenados por el jefe de la policía, Desiderio Fernández Suárez y fueron cometidos por miembros de esa fuerza contra personas indefensas, previamente detenidos en una dependencia policial. A Troxel lo fusilaron sus compañeros, por orden de su jefe. Ocurrió también con miembros del Ejército en esas jornadas aciagas.

Pero Troxler sobrevivió, solo para partir al exilio. Antes pasó un año acosado por la policía, que lo torturó varias veces. Terminó por huir a Bolivia, donde se profundizó su compromiso con la resistencia peronista. Trabó una relación estrecha con John William Cooke, el primer delegado de Perón, ideólogo de la llamada “tendencia”, la línea de izquierda revolucionaria del peronismo.

Cuando retornó al país su suerte no fue menos dura: aquí las dictaduras apenas se mecharon de regímenes electorales de legitimidad irreparablemente averiada por la proscripción del sector político mayoritario, el peronismo. Troxler volvió a la clandestinidad. Sufrió otra vez la tortura. Era muy consultado en los aspectos de seguridad que la dura militancia de aquella época imponía, debido a los conocimientos adquiridos por su condición de policía, que formalmente no había perdido.

Tiempos recios. Bidegain practica tiro en una imagen tomada a principios de los años 70.

Su revancha llegó con la elección de Héctor Cámpora como presidente: eran las primeras elecciones nacionales semi libres en 18 años, en las que el peronismo pudo participar, aunque no su líder.

Identificado con la izquierda de ese movimiento al igual que el flamante presidente, el gobernador bonaerense Oscar Bidegain se permitió varias osadías. Una de ellas, sin dudas, fue nombrar a Troxler como segundo jefe de la policía de la Provincia. Era un nombramiento inusitado. Troxler lo demostró enseguida: lo primero que hizo fue ponerse a visitar presos, para saber de sus condiciones de detención.

Troxler intentó dar los primeros pasos de una reforma policial, para alejarla de su cariz represivo. En paralelo empujó una profunda investigación de la llamada Masacre de Ezeiza, el enfrentamiento armado entre sectores del peronismo que esperaban el arribo de su líder preveniente del exilio madrileño. Troxler era el segundo jefe de la policía. Llegó a conclusiones muy diferentes a las que difundió el teniente Jorge Osinde, encargado de la seguridad del acto, identificado con la derecha del movimiento.

Todo ocurría al mismo tiempo que Esteban Righi, nombrado ministro del interior a sus 35 años, daba un histórico discurso ante la policía Federal en el que dijo cosas como la siguiente “Es habitual llamar a los policías guardianes del orden. Así seguirá siendo. Pero lo que ha cambiado, profundamente, es el orden que guardan. Y en consecuencia, la forma de hacerlo. Un orden injusto, un poder arbitrario impuesto por la violencia, se guarda con la misma violencia que lo originó. Un orden justo, respaldado por la voluntad masiva de la ciudadanía, se guarda con moderación y prudencia, con respeto y sensibilidad humanas”.

No podía durar. Y no duró. Bidegain fue depuesto a través de un golpe interno d avalado por Perón, que llevó al poder a Victorio Calabró, un sindicalista representante de lo más duro de la derecha peronista. Antes de caer, Bidegain se había visto compelido a pedirle la renuncia a Troxler por orden directa de Perón.

La calle de Barracas donde fue asesinado Troxler.

En su carta de renuncia escribió que, consciente del “estado de postración económica” del país y de “la situación de despojo” que puede llevar a delinquir a muchos, intentó darle a su gestión una impronta de su experiencia militante “forjada a lo largo de la lucha junto a los humildes, contra los poderosos y enfrentando a los mercaderes, en el pueblo y con el pueblo, del brazo con los que no especulan, con los que se equivocan, pero sin dobleces”.

Lejos de su cargo, Troxler quedó otra vez expuesto. Fue un tiempo jefe de Seguridad de Noticias, el diario de Montoneros. Pero el 20 de septiembre de 1974, fue secuestrado mientras se dirigía a la Universidad de Buenos Aires, donde daba clases. Sus captores lo llevaron a una calle poco transitada de Barracas, donde lo fusilaron  en la vía pública, frente a un paredón de ladrillos que limitaba el terraplén del ferrocarril Roca. Lo cosieron, literalmente, a balazos. Su viuda, Leonor Von Wernich –pariente del cura torturador condenado por genocidio- contó después una imagen que da cuenta de la saña: el cuerpo de Troxler casi no tenía un lugar que no hubiese sido alcanzado por los disparos.

Noticia de un crimen. Los diarios dan cuenta del asesinato de Troxler.

El crimen se lo adjudicó la Asociación Anticomunista Argentina (AAA), la tristemente célebre organización paramilitar que puso en práctica, aún en democracia, algunos de los métodos de terror que después se transformaron en acción estatal, a partir del 24 de marzo de 1976. (DIB)