Por: Luis Llamedo

Por: Luis Llamedo

La noticia del fallecimiento reciente de Amadeo Carrizo me ha traído el recuerdo de una anécdota de la que fue protagonista.
Hacía ya un tiempo que había dejado el futbol profesional, pero seguía practicándolo como aficionado integrando el equipo de una fábrica de artículos deportivos a la que estaba vinculado, con la curiosidad que no jugaba como arquero, sino “al centro” (no le gustaba que le hicieran goles). Dicho equipo salía periódicamente al interior a jugar partidos a beneficio de entidades del lugar visitado.
Un día (no recuerdo la fecha, pero sí que fue un sábado entre los meses de junio o Julio con mucho frío y anocheciendo temprano) le tocó el turno a Trenque Lauquen y vino Carrizo con la delegación que encabezaba el presidente de la empresa. Se alojaron en el hotel El Faro. El encuentro futbolístico se haría por la tarde en la cancha del Club Monumental.
Como es habitual, al mediodía se sirvió un almuerzo al que asistí, dándose la grata casualidad de que me tocara ubicarme frente a Amadeo. Durante la comida la conversación fue sumamente amena entre él y quienes lo rodeábamos. Su amabilidad me dio ánimo para pedirle algo que se me ocurrió en ese momento: que después del partido me acompañara a visitar a una persona que lo idolatraba. Aceptó el pedido.
El hincha a visitar era Raúl Luchelli, personaje inolvidable de Trenque Lauquen con quien estaba relacionado a través de mi gran amigo el Dr. Francisco Macaya (Pancho).
Concluido el almuerzo lo llamé a Pancho, le comenté lo hablado y acordamos que él visitaría a Luchelli para asegurarnos de que estuviera en su casa en el horario previsto.
Luego del partido, pasado un tiempo prudencial, fuimos con Pedro mi hijo mayor, a buscar a Carrizo al hotel. Allí lo encontramos en el lobby donde, vistiendo un sobretodo negro fue fácil dar con él. Lo invitamos a subir al auto y tras una débil negativa inicial, subió y fuimos a lo de Luchelli.
Nos anunciamos golpeando el portón sobre la calle Pte. Irigoyen. Cuando se abrió y pudo ver la figura imponente de su visitante inesperado, Luchelli (con sus habituales bombachas batarazas) quedó petrificado y se limitó a gritar: ¡Amadeo!
En la fábrica de mosaicos donde estábamos se veían, colgados en las paredes, distintos cuadros con la imagen de Carrizo, demostración elocuente de la admiración que le profesaba el dueño de casa.
Pasado el sofocón del primer momento, sentados en el escritorio, Luchelli que previamente había llamado por teléfono a parientes y vecinos informándolos de la visita que tenía) le pidió que le autografiara una fotografía que le alcanzó, registrándose allí el breve diálogo siguiente:
Carrizo: “¿A nombre de quién hago la dedicatoria?”
Luchelli: “Al mío, Raúl Luchelli”
Carrizo: “¿Raúl? entonces somos tocayos porque yo me llamo Amadeo Raúl Carrizo”
Luchelli: “¡A mí me lo va a decir!”
Luego pasamos al living de la casa donde ya se encontraban varios visitantes y “La China” sirvió un Gancia como aperitivo. Pasada la conversación generalizada vino el saludo para todos y el fuerte abrazo de los dos protagonistas como despedida.
En el trayecto hasta el hotel le agradecíamos de todas las maneras habernos dedicado casi una hora para darle la sorpresa y la alegría a un amigo, pero en respuesta él nos manifestó su agradecimiento por los gratos momentos que había pasado según nos dijo. Luego de dejarlo en el hotel comentábamos y coincidíamos con Pancho sobre la amabilidad, la cortesía y hasta la humildad demostrada por Carrizo.
Mi pasión boquense no impide que lo considerara entonces y ahora, un señor.
Un solo agregado: el vaso con el que Amadeo bebió su Gancia, no se usó más y Raúl lo exhibía en un lugar preferencial de su casa.

Por: Luis Llamedo, abogado.