Por: Arnoldo Casas

Por: Arnoldo Casas

Fiel a su nombre el virus no hace excepión de personas, nacionalidades, culturas, fronteras, incluso rangos: el príncipe Charles de Inglaterra y su corona, obtuvo el virus. Las comunicaciones, los canales de televisión, las redes, las radios y los periódicos, mantienen al mundo informado de los casos, las víctimas y la expansión del virus. La gente se adapta a un ente invisible que no respeta cómo, cuándo y dónde se manifiesta, poniendo a  todo el mundo en alerta.

Los científicos trabajan veinticuatro horas al día tratando de buscarle una solución: tratamiento, prevención, cura. Los virus no son nuevos, los antibióticos tampoco y entre los dos juegan el juego de aparecer y desaparecer de ataque y contraataque, mientras que los economistas tratan de esquivar las consecuencias en el mercado mundial.

Una «corona» china

Habiendo estado en China, no me sorprende de la decisión del virus de aparecer donde lo hizo. Gente hay mucha y todos viven cerca el uno del otro. La economía es la segunda en el mundo. China es el centro de la expansión de todo y todos. Y como en otras épocas históricas, por otras culturas y nacionalidades, los chinos están por muchos lados del mundo, incluso sería difícil encontrar un lugar en el mundo donde no estén. El virus tenía que haber sabido eso cuando hizo la decisión de atacar. O los chinos no sabían lo que tenían en su mundo o decidieron esperar para informar al mundo lo que en China se había desatado y el peligro que el mundo corría de esta “corona”, que no era ni coreana ni japonesa.

Sin besos ni abrazos

El color de los mapas del mundo ha ido cambiando de blanco a amarillo y de amarillo a rojo, de acuerdo a la extensión del virus. Hoy casi todo el mundo está vestido de “rojo”. Algunos celebran y se acompañan con espíritu positivo, cantando desde los balcones; otros, como en Italia, lloran mientras los féretros desfilan a los cementerios a depositar los restos de los caídos en la “guerra”. Los ancianos, los con más riesgo, permanecen aislados; los nietos no pueden visitar a los abuelos, los geriátricos son islas, delineadas por los “años” o la fragilidad.

En momentos históricos como estos, todo el mundo se adapta a las circunstancias; la gente mantiene la distancia de dos metros entre sí, no hay abrazos, ni besos; encerrados se mira televisión… noticieros, novelas, películas; deportes no hay, solo algún partido de “otros tiempos”.

 El «rollo» del papel higiénico

Los hobbies salen de los sótanos o rincones de las casas y a los que les interesa el arte culinario, cocinan y engordan; están los que salen a hacer las compras en los supermercados, donde tienen que esperar afuera en fila para poder entrar y comprar lo que se necesita, incluyendo los rollos de papel higiénico que apresuradamente desaparecen de los estantes… por qué la gente se pregunta ¿qué hacer sin papel higiénico?

 La movilidad inmovilizante

Las instituciones se movilizan, los gobiernos establecen leyes, los economistas se desesperan, los científicos se encierran en los laboratorios, la iglesia apacigua y promulga esperanza y todo el mundo reacciona.

Para el presidente que nunca ha enfrentado o esperado enfrentar una crisis de esta magnitud, no es fácil. Todos los días tiene que enfrentar a los medios de comunicación, desesperados por noticias de último momento; a los especialistas de plagas y enfermedades, que le dicen al presidente qué decir y qué no decir a un pueblo que espera soluciones.

Además de dirigir a un Congreso y un Senado, con ideas políticas opuestas, un Congreso y un Senado que lo sabe todo y tiene el poder de decisión. Los gobernantes y los gobiernos locales son los más cercanos a un pueblo que demanda soluciones inmediatas y que tienen que solucionar el problema con lo que tienen y lo que no tienen.

El transporte de productos y gente está parado; los millones de gente que circulaban por el mundo de un lugar a otro, están sentados en sus casas. Los miles de aviones de cientos de aerolíneas están inactivos en los desiertos de Arizona, Oklahoma y California, o en otros lugares de cinco continentes.

Los C.E.O. también esperan sentados la ayuda económica que puede mantener sus industrias a flote. Los cruceros con turistas no salen ni entran a los puertos del país; los únicos barcos en función son dos barcos hospitales de las Fuerzas Armadas que, en caso de guerra, están preparados con todos los instrumentos medicinales necesarios y con mil camas cada uno. Estos están flotando; uno en las aguas del Océano Pacífico frente a California y el otro, flota en las aguas del Atlántico frente a Nueva York.

Los autos y camionetas nuevos modelos del año 2020, tendrán que esperar para ser construidas, la General Motors está ocupada con otra prioridad y es la de construir máquinas para hospitales de respiración pulmonar.

 El gobierno, con la gente

Finalmente están los que pierden el trabajo, cuarenta y dos por ciento de desocupación, los seguros, los restaurantes, las compañías grandes y chicas que tienen que cerrar las puertas por decreto, lo que hace que la gente no pueda pagar el alquiler o no tengan dinero para adquirir los artículos de primera necesidad; y el pueblo espera porque siempre tiene que haber alguien que de respuestas a estas preguntas. Hace unos días el Congreso y el Senado aprobaron y el presidente firmó una ley que destina tres trillones de dólares -no me equivoco- digo trillones y se espera haya otros paquetes iguales. Los políticos de derecha dicen “hay que mantener el mercado y las corporaciones a flote” y los socialistas de izquierda “el pueblo tiene que comer”; y entre las ideologías políticas y de cómo se divide el “pie” (pastel), el virus sigue con su estrago. Y los laboratorios farmacéuticos esperan lo que viene, la vacuna.

 Estuvimos distraídos

Esto podría ser un cuento de un “virus rebelde”, invisible a los ojos humanos excepto a través de microscopio, que un día decidió declarar la guerra a un mundo con billones de habitantes, comenzando en un lugar recóndito de un país del mundo, mientras expertos se ocupaban en desarrollar cohetes para mandar gente a la Luna o descubrir otros planetas como Marte; otros, ocupados en construir autos que se manejan solos, plantas nucleares, sistemas de producción de energía eléctrica, laboratorios dedicados a producir productos de energía y cosméticos para que la gente se vea mejor, viva mejor y más años. Mientras la vacuna se descubre… mantengamos la distancia, no nos abracemos ni besemos, estornudemos en el brazo no en la mano, tapémonos la nariz y la boca, siempre respirando y lavémonos las manos con jabón por veinte segundos, porque los virus odian el jabón.

“Nos vemos” ya no forma parte de lo cotidiano de una despedida, a sabiendas que nos encontraremos al día siguiente… se torna imperioso que así sea.

Por: Arnoldo Casas, Profesor de Antropología, Estados Unidos.