Los productos de tecnología se fabrican para romperse ¿Es cierto ?

TECNOLOGIA 31 de mayo de 2017 Por
El recambio tecnológico ¿lo impulsa la innovación o las ganas de vender más y más? La visión de los expertos y las empresas.
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Las cosas ya  no se hacen como antes, dicta la sabiduría popular, cuando todo estaba pensado para durar muchos años. Hoy parece que la regla que rige la producción y el diseño es la  innovación y la celeridad, pero no se presta atención a la usabilidad en el tiempo. En épocas de apresuradas innovaciones es legítimo preguntarse qué papel juega la sustentabilidad funcional en un ambiente donde la dicotomía es innovar o morir. De acuerdo a una investigación de Cisco e IMD Digital Vortex Research, en los próximos cinco años la disrupción digital desplazará un 40 por ciento a las tecnologías ahora existentes, que pasaran al cajón del olvido junto con otras tecnologías obsoletas. Lo que, a su vez, invita a desechar esa misma tecnología inservible. De acuerdo a los datos del reporte Crímenes del Desecho elaborado por el Programa Medioambiental de Naciones Unidas, hasta 50 millones de toneladas de desperdicio electrónico –en particular computadoras personales y teléfonos inteligentes– van a pasar a ser parte del paisaje de los basurales alrededor del mundo durante el 2017.

La rapidez de recambio tecnológico podría bien ser síntoma de un saludable entorno de innovación que acoge a la tecnología en la sociedad, que puja por encontrar más y mejores soluciones, pero por otro lado un visión pesimista podría entenderlo como consecuencia de la filosofía corporativa de presentar productos con vida útil cada vez más acotada pensando siempre en la venta de la próxima versión. ¿Se crean los bienes tecnológicos con una vida útil artificialmente planificada para encajar mejor en un mundo de consumidores hambrientos por novedades?

La hipótesis de que los productos de la industria y la manufactura deberían tener una vida útil vinculada a su consumo antes que a las posibilidades técnicas es de larga data. Durante la depresión norteamericana en la década de 1930, el bróker del Real State, Bernand London, publicó un célebre artículo titulado “Terminar la depresión a través de la obsolescencia programada” en el cual emitió una señal de alerta respecto a la nueva economía norteamericana: demasiados productos y pocos consumidores con poder de compra. La idea de London consistía en reemplazar periódicamente los bienes y capitales del país para estimular la economía y virtualmente desterrar el desempleo de la nación.

Hoy entendemos la obsolescencia programada como “la estrategia empresarial donde se acorta deliberadamente el ciclo de vida de un producto con la intención de revitalizar la demanda. Es el lado patológico del cambio tecnológico y, en algunos casos en ciertos países, constituye un delito, por ejemplo, cuando se trata de compras públicas. Podría ser en parte interpretado como parte de un fraude o de un abuso de confianza”, explica Fernando Peirano, economista, especialista en Innovación y Desarrollo, investigador de la Universidad Nacional de Quilmes. Según la palabra del experto, la práctica de la obsolescencia planificada emerge sólo en determinados contextos. “Se da en los mercados de bienes durables y para que esta estrategia se despliegue se necesitan dos ingredientes: una oferta con una estructura oligopólica, donde pocos jugadores impongan reglas o dinámica y una marcada asimetría de información, es decir, cuando el comprador no tenga forma de verificar por sus propios medios las condiciones técnicas de los bienes”, desarrolla Peirano.

“Entre un año y dieciocho meses”. Eso es lo que le dura un smartphone a un argentino según Juan Pedro Andrade, gerente de marketing para LG. El especialista explica que “más de un tercio de los usuarios cambia de celular por alguna urgencia. Por ejemplo que se rompa o sea robado. Pero también muchos lo cambian con frecuencia porque quieren las nuevas prestaciones que consumen más batería y los equipos más antiguos no pueden lidiar con eso”.  Desde LG también brindan un caso testigo del vertiginoso ritmo de renovación de tecnología. Los televisores clásicos, que funcionan a tubo, estuvieron en el mercado durante muchos años e iban mejorando paulatinamente sus prestaciones. Sin embargo, “ahora el recambio de televisores es cada siete u ocho años. Según nuestros datos de entre los televisores LCD, LED y SmartTV, lo que más crece es este último, los demás van quedando rezagados”, explica Andrade. Esto quiere decir que la tecnología que suplantó definitivamente a los televisores de tubo gozó de su lugar de privilegio en el mercado por un tiempo considerablemente menor a su abuelo tecnológico.

“La tendencia es a reducir continuamente los ciclos de vida de los productos. De otra manera no se podría nunca lograr los objetivos de las empresas de vender más unidades cada año en mercados ya saturados. Cada vez es menos frecuente la reparación de productos. Los productos en general no se diseñan para que sea fácil la reparación, la cantidad de información técnica y repuestos que ofrecen los fabricantes es cada vez menor”, quien pinta este panorama sombrío es Victor Liste, ingeniero por la Universidad de Buenos Aires y fundador de la empresa de automatización IRBS .

Fuente de la Información: Infotechnology

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