Maureen, una mujer agalluda

Maureen, una mujer agalluda

Por: Ana María Ford

Docente y periodista

Claro que tuvieron un marco distinto, tiempos de guerras feroces, un montón de décadas atrás. Ni soñar con comunicaciones que acercaran los hechos con fulgurante velocidad.

Una de esas historias arrancó en Quilmes el 26 de octubre de 1920. Allí vivía un matrimonio formado por una inglesa y un australiano que administraba unas 250.000 hectáreas en la Patagonia, destinadas a la crianza de ganado ovino (capitales ingleses, of course…)

Ese día nació una niña a la que llamaron Maureen Adele; había una hermana mayor y luego llegaría un varón. Los tres chicos se criaron en las distintas estancias patagónicas por las que se trasladaba su padre, educados por una institutriz (inglesa, of course),

Maureen Adele

Maureen resultó ser una criatura inquieta y sedienta de aventuras. Se convirtió, muy chiquita, en aguerrida amazona y nada le gustaba más que azuzar a su caballo para correr a los trenes. Y ganarles.

Terminó los estudios en el colegio Santa Hilda, en Hurlingham.

La familia que gozaba de una posición más que holgada, escapaba de los crudos inviernos que desolaban, aún más, las inhóspitas tierras patagónicas y cruzaba el mar para disfrutar del invierno inglés.

Durante una de esas estadías, Maureen que ya tenía 16 años, tomó algunas lecciones de vuelo; se encendió la pasión por los aires y supo que ésa, y no otra, era su vida.

Falsificadora

La familia regresó a la Argentina y la adolescente quiso seguir con el aprendizaje iniciado en la patria de su madre.

Pero la edad era un obstáculo insalvable. A grandes males, grandes remedios, habrá pensado la muchacha. Y no trepidó; con la pasión por los aires que la consumía buscó la manera de falsificar la partida de nacimiento para aparecer como mayor de edad; así logró ser admitida y se unió al Aeroclub Argentino para seguir aprendiendo y volando.

La guerra

Cuando estalló la segunda guerra mundial, en 1939, más de 500 jóvenes, hijos de ingleses radicados en la Argentina, viajaron a la tierra de sus padres para alistarse como voluntarios, principalmente en la RAF, la fuerza aérea británica. Muchos cayeron en combate, algunos se quedaron, otros volvieron. Entre ellos Ronnie Scott, el último sobreviviente. Hoy tiene 105 gallardos años. Vive en San Isidro, hace poco lamentaba que la pandemia le restringió los paseos en bicicleta y el voluntariado en la Iglesia Metodista…

Recuerda que abatió doce aviones alemanes y que algunos de ellos, los pilotos criollos, pintaban en el morro de sus máquinas la figura de Patoruzú.

Pero ésas eran historias de hombres y Maureen era mujer…

Nada la detuvo; se fijó la meta de alistarse en el cuerpo auxiliar de la Royal Air Force (RAF). Para ello necesitaba sumar horas de vuelo en solitario. A los varones les exigían 250, a ella 500. Son viejas las cuestiones de género…

Finalmente a principios de 1942, junto a su hermana que era tres años más grande, se embarcaron rumbo a Inglaterra.

La mayor entró a trabajar en la BBC, la emisora londinense que cumplió un rol fundamental en la guerra.

Maureen, junto otras 165 jóvenes, pasó a revistar en la Air Transport Auxiliary (ATA) que era parte del ensamblado logístico de la RAF.

Probando en el viaje

A la joven quilmeña que por entonces tenía 23 años, le reconocieron capacidad para pilotear 36 (treinta y seis) modelos de aviones de guerra.

Una de las misiones asignadas: llevar las máquinas desde las fábricas hasta las bases. Suena casi rutinario… pero la urgencia de las demandas que llegaban del frente de combate no daba tiempo a mucho banco de pruebas. En el caso de Maureen Dunlop, cuentan sus biógrafos, le tocaba probar los aviones en el viaje y, por supuesto, en el aire. Así fue como contabilizó varios aterrizajes de emergencia en alguna pista o en el campo y hasta el desprendimiento de la cúpula de un Spitfire. Esto además de protagonizar misiones de rescate o fungir de avión ambulancia.

Chica de tapa

Foto: www.alamy.es

Quizás las hazañas de la piloto, en el torbellino trágico de la guerra, no eran tan conocidas. Pero saltó a la fama (diríamos ahora) cuando fue tapa de la revista más popular en de Inglaterra, Picture Post.

Su imagen sonriente, apartándose el pelo de la cara al salir de la cabina de un Fairey Barracuda, cobró rápida popularidad y fue utilizada para ponderar el rol de la mujer en la guerra. (Se podría haber reversionado el corrido mejicano Adelita «… y además de bonita era valiente y hasta el mismo coronel la respetaba…»).

De vuelta al pago

Terminó la guerra, 1945, y la joven Dunlop que había calificado como instructora de vuelo, regresó a Buenos Aires. Adiestró a pilotos de Aerolíneas Argentinas y voló para la Fuerza Aérea pero no fue tratada ni escalafoneada como piloto porque… era mujer.

El tiempo del amor

En 1955, en una paqueta recepción en la embajada británica (of course) conoció a un diplomático rumano, Víctor Poppin, se casó con él y tuvieron tres hijos. Ambos se dedicaron a la cría de caballos creando el stud Milla Lauquen (laguna dorada).

Hasta que en 1973 la familia se mudó definitivamente a Inglaterra radicándose en el condado de Norfolk. Siguieron con la misma actividad, introdujeron los caballos criollos y sumaron los árabes.

Poppin murió en el año 2000 y su esposa el 29 de marzo de 2012.