La Sobremesa

La Sobremesa

Por:Jorge “Alemán” Azpiroz

Suelo escribir sobre las cosas buenas que hemos ido perdiendo por ser parte de este mundo moderno que nos da y nos quita con rapidez y violencia y sobre todo nos llena de cosas inútiles y superficiales que nos alejan de las personas.
Pensaba esto cuando leí la olvidada palabra “sobremesa”. Justo en medio de éste tiempo de pandemia y soledades, es ahora -por el confinamiento obligado- que nos volvemos a encontrar nuevamente alrededor de la mesa compartida.
Y ahí me di cuenta que nos vamos llenando de ausencias, que el tiempo nos pasa por arriba mientras nos alejamos de esos momentos inigualables donde la vida confluía entre varios, compadres de la vida y la alegría, socios de la risa y el canto, sibaritas de la comida convidada…La sobremesa, esa cofradía entre familiares del amor que nos convoca, entre amigos de las copas y los juegos, de hermanos de sueños y esperanzas… Todos alrededora la mesa que nos contenía sin dogmas ni prejuicios…simple crianza.
Antes, era común esto de juntarnos un rato después de la comida, no solo los fines de semana o los domingos de tallarines enharinando mesadas, de tortas y postres esperando su momento arriba del aparador vetusto…
Después de la colectiva degustación había algo que hemos casi perdido…¡la charla!.. ¡todos hablábamos!, sin mirar celular ni televisor, incluso discutíamos en el mejor sentido metafísico de la palabra. Dejábamos que las ideas floten el encuentro, reíamos y hasta nos enojábamos porque soltábamos afuera, tanta vida interior contenida.

 La mesa está servida…
Hacernos conocer, buscar la contención y el apoyo, nos desnudábamos literalmente desde el alma con la gente querida y entonces sin querer hacíamos catarsis de los males y de los goces de la vida…¡compartiéndola!, nada mas simple y mas profundo, compartiendo lo que uno ama, sufre y sueña. Eso era la sobremesa. Conocerse y conocernos, ni mas ni menos.
Eran momentos de intimidad grupal. Se extraña tanto esos momentos, máxime cuando cada vez nos hablamos menos, nos encontramos menos y convivimos años sin preguntar al otro como está, como va su vida, que precisa, que siente y en que podemos ayudarlo.
Hoy, tengo la impresión que los aparatos opinan por nosotros, nos convertimos en seres exógenos, despreocupados por lo interior. Nos vamos acostumbrando a dejar que el mundo se nos meta en la casa, (impúdico y procaz la mayor de la veces), tanto es así que mucha gente deja de pensar por sí misma y empieza a repetir lo que oye, lo que ve en los medios, lo que le dicen que es “verdad” revelada. Y vamos perdiendo hasta el pensamiento crítico, la reflexión, la duda y la búsqueda. Nos vamos convirtiendo en robots preparados para asimilar ese mensaje como si fuera “comida rápida”, comida chatarra que nos meten en el cerebro
En las sobremesas podíamos aprender, llenarnos del otro, intercambiar , crecer, pero ahora nos hemos acostumbrado al error de no sabernos en el otro, a repetir lo que los intereses de los poderes reales quieren que pienses. ¿Les conviene que seamos meros repetidores y opinadores de palabras, conceptos e ideas ya opinadas?..

La cabecera ausente…
Yo, como muchos de uds., era un charlador serial, un fanático de noches de filosofías. Ahora cuesta encontrar con quien volar palabras, con quien desmenuzar lo establecido…cuesta, cuesta hablarnos de cosas profundas y sensibles. Cuesta darnos tiempo para uno y los demás, darnos tiempo para pensarnos, para sentirnos…
Cuando lo hablás con alguien, se empieza a desarmar de esa armadura mediática, y de a poco, con algún vino compañero, empieza a aparecer el verdadero idealista que se había olvidado, le empieza a aparecer ese joven repleto de sueños y utopías rebeldes de fogones y cantos, vuelve ese niño que jamás discriminó, ni tenía prejuicio con nada solo jugar la vida con todos. Algo nos está pasando que nos inducen a perdernos de nosotros mismos. ¿A quién le conviene que no seamos individuos pensantes en un colectivo afectivo?…
Tanta modernidad nos termina alejando del otro, como suelo decir, “aprendimos a chatear con un extraño a millones de kms. pero desconocemos al vecino del edificio”. Miles de amigos virtuales en redes pero tanta soledad cercana y deshabitada.
No sé como sucedió pero en el mundo actual cada vez se ve menos a los hijos, o cursan todo el día, o son criados por personas a las que les pagamos para que los críen… también es triste ver que a abuelos les quitamos el lugar trascendente de contar su sabiduría a los nietos. Es raro que vivan en familia, antes era común el abuelo en la cabecera tomando el mando hasta en el corte del salamín, como un gladiador hecho de tiempo y años, gobernando la alegría de envejecer rodeado de lo sembrado, viendo las espigas nuevas amanecer en cada rincón de la casa vieja…y escuchandolo repetir cada sobremesa esa frase sabia “si es lo único que nos vamos a llevar”…
No es culpa de nadie, tiempos modernos, o es culpa de todos, pero los viejos merecen ser parte de la sobremesa de la vida, aunque sea de vez en cuando…nosotros seremos ellos dentro de un tiempo, sin embargo ellos son nosotros siempre.

Brindis por lo inolvidable…
Pero no todo es malo si uno está lleno de recuerdos que nos vuelven al camino compartido, lleno de gente que vale la pena, acompañado de momentos que nos hagan mejor la vida…si vamos a pasar por este derrotero, ¡que mejor que hacerlo con afectos alrededor y una mesa servida desde el amor con lo que se pueda, con lo que haya, el asunto es volvernos a juntar cada tanto a celebrar un rato lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Para que no nos queden ninguna duda que no existe vida que no este construida por otras vidas….Por eso este elogio de la “sobremesa”, para revalorar al viejo contándonos anécdotas y secretos, para dejar que nos abrace de nuevo la vieja a través de su comida hecha de harina, amor y generoso desprendimiento…sentir al amigo llenando la copa porque una copa sola es un amigo que no falta…escuchar a la persona que te ama, sus dolores, sus miedos y sus alegrías, volver a llenar de palabras los besos como cuando eran jóvenes los besos y los abrazos…
y por sobre todo darle tiempo, sí… ¡tiempo! A esos pequeños locos bajitos que lo único que esperan, lo único que en definitiva les interesa, es que vos estés con tu oído, con tu comprensión y con tu alma a su lado, protegiendo cada sueño nuevo, ayudando a soplar las alas de sus ilusiones…solo eso, estar al lado, dándole tu tiempo en esa sobremesa que nunca olvidará…

PD: Nunca verás a los niños más alegres que cuando se reúne la familia… Ellos saben de memoria quien de nosotros “pierde” el tiempo en ellos, el amor convidado no lo olvidarán jamás, tampoco las buenas “sobremesas”. ¡Salú!