La «primera línea», el grupo que a los piedrazos defiende a los manifestantes en Chile

La «primera línea», el grupo que a los piedrazos defiende a los manifestantes en Chile

   El gobierno de Chile se enfrenta no solo a la imposibilidad de controlar el estallido social que no cesa y la velocidad con que sus cánticos emblemáticos se filtran en los noticieros de TV, canchas de fútbol y festivales, sino también a la necesidad de desarticular a la «Primera Línea», un grupo anónimo de jóvenes que resisten la represión con escudos artesanales y movimientos tácticos y protegen a los manifestantes en las marchas.

   Los gobiernos posdictadura lograron sortear sin grandes concesiones todas las enormes movilizaciones que reclamaron cambios en la herencia institucional y económica del pinochetismo, como las marchas por «No + AFP» (contra el sistema jubilatorio de capitalización individual) y «los pingüinos», que exigían educación pública, gratuita y de calidad.

   Quizás amparado en este antecedente, durante estos 106 días que van desde el estallido social de octubre, el presidente Sebastián Piñera confió en resistir sin ceder sustantivamente a las demandas sociales, confiado en que alcanzaba con atestar las calles de uniformados y proyectos de ley que refuerzan la mano dura en el orden público.

   Si bien la batalla por el desgaste está lanzada y ha implicado ingentes costos (fatiga, hartazgo por la situación de excepción, etc) las movilizaciones persisten y cobra importancia un elemento que estaba presente desde el inicios de la protesta: «Primera Línea».

   Su nombre venía tomando peso tímidamente en algún sector de la prensa hasta que la senadora ultraoficialista Jacqueline Van Rysselberghe, de la Unión Demócrata Independiente (UDI), admitió que un nuevo cambio de gabinete depende de «si se logra desarticular a la Primera Línea».

   Luego, la irrupción del colectivo en el Foro Internacional de Derechos Humanos celebrado el pasado 24 de enero en el Congreso Nacional, entre aplausos y vítores, desató un escándalo político, por un lado, y consagró la legitimidad popular que el colectivo ya poseía.

   Se trata de un clan de composición heterogénea: encapuchados, barrabravas, anarquistas, profesionales varios, narcos, estudiantes y niños y adolescentes marginales que huyeron de los hogares del Sename (Servicio Nacional de Menores), donde el Estado no les brindó protección.

   La particularidad del clan es justamente en ser un espacio por el que distintos grupos transitan, según describe la antropóloga Magdalena Claude, en el portal de investigaciones periodísticas chileno CIper.

   La «primera línea» se organiza en clanes no jerárquicos, sin líderes ni coordinación visibles, en línea con su autopercepción como «movimiento autoconvocado», centrado en la tarea de defender a los manifestantes de las arremetidas policiales.

   Son parte de la trama de solidaridad surgida entre los manifestantes, como también lo son los médicos, enfermeros y psicólogos que cubren los puntos de salud y llegan a las marchas tras extensas jornadas de trabajo para atender a los heridos.

   El mito ciudadano ya acuñó anécdotas notables sobre el grupo, entre ellas la emboscada a los carabineros uno de los «Viernes de la dignidad», cuando las fuerzas policiales intentaban bloquear el paso para impedir la concentración. El intento fracasó ante la contundencia de la acción rebelde.

   Hay varios roles determinados por las tareas defensivas y ofensivas: escuderos; peñasqueros; antigases; honderos; punteros; hidratadores y mineros, según la descripción de Claude, que estudió durante dos meses el funcionamiento del colectivo.

   El «escudero» ocupa la primera ubicación defensiva, formando una barrera de contención frente a la policía, con escudos hechos con señales de tránsito, antenas satelitales, pedazos de techo, barriles, etc.

   Luego vienen los «peñasqueros», que arman la línea ofensiva de corto alcance acumulando piedras.

   En la tercera posición está el «antigases», cuyo rol es apagar granadas lacrimógenas hundiéndolos en botellones de agua con bicarbonato, o lanzarlas de vuelta a Carabineros.

   Cerca de los «antigases», en la ofensiva, están los «honderos» que disparan proyectiles varios hacia la policía y protagonizan la emboscadas o las arremetidas que limpian el camino para que avancen los manifestantes.

   Desde una posición más satelital, la acción de la primera línea se completa con los «mineros», que con martillos van rompiendo el cemento y los adoquines para fabricar los proyectiles que usan las posiciones ofensivas.

   Este grupo se divide entre quienes pican los materiales en canteros improvisados, un cordón de vereda o un muro; y los que van trasladando las piedras en bolsas en cadenas humanas hacia los «peñasqueros».

   Maite, una profesora de música de la comuna de La Florida, en el sur de Santiago, asegura sentirse «muy protegida» por el grupo.

   «Cualquiera que vaya a marchar lo siente así: Si no fuera por ellos estaríamos totalmente expuestos», enfatiza en charla con Télam la mujer, que integra un grupo feminista que provee comida «a los chicos más vulnerables de la primera linea, que tienen entre 9 y 15 años».

   Tienen también muchos detractores,entre ellos el gobierno y sus adherentes, que los acusan de «vagos», «delincuentes» y de atizar la violencia y los saqueos durante las protestas.

   Los manifestantes defienden su accionar y consideran que sus gritos característicos: «¡encerrona!, encerrona!» (cuando viene los hidrantes o la policía por varios flancos) o «¡mecha!, mecha! (que indica abrir el espacio para que una bomba molotov pueda volar por los aires hacia los Carabineros), entre otros, ya integran la cortina musical del estallido social chileno y de los reclamos populares que contiene. (Télam)