Cuando el objeto suplanta al sujeto

Cuando el objeto suplanta al sujeto
Por: Jorge "Alemán" Azpiroz - Músico y escritor
La sociedad de consumo no consume cosas…consume hombres (Emir Silva, poeta argentino)

El otro día, con esto de la pandemia, escuché que decían que al fin vemos lo importante y nos damos cuenta de cuantas cosas superficiales ocupaban nuestra vida, entonces recordé esta viejísima nota y la recuperé para no olvidarme nunca esa guía…
Vivimos cada vez con mayor dependencia agitada por furiosas propagandas, nos invade por todos lados, bombardeándonos con productos sin los cuales nos quieren hacen creer que nuestra vida sería similar a la de un paramecio.
Y de a poco, sin sentirlo, nos vamos acostumbrando a convivir con millones de artefactos, objetos y accesorios que nos “venden” como fundamentales , subordinándonos a este ejército de obediencias debidas y nos vamos masificando hasta convertirnos en una sola persona que come, trabaja, duerme, y hasta copula de la misma y uniforme manera, como nos dicta el “dios” oligopólico de los mercados.

Otro ladrillo en la pared…
El insostenible exceso de consumo compulsivo, es indudablemente la principal causa de destrucción masiva del mundo, provocando contaminación del medio ambiente con la inmensa cantidad de envases, pilas, residuos y plásticos desechados, inventando adicciones y saturando los recursos en forma alarmante. Sin contar los efectos que ya ha estudiado la medicina que produce en la cotidiana vida del hombre. Este consumismo compulsivo, esta devoción por las cosas prescindibles es una forma de baja autoestima… ¿vio que cuando más mal estamos más necesidad de consumir tenemos?… Como si comprar algo nos calmara. Según estos estudios, ese tipo de materialismo salvaje es producido por cierto vacío interior que nos lleva a tapar la angustia comprando aún lo que sabemos que no integra nuestras necesidades básicas ni nuestro alimento espiritual. Y en lugar de ser lo que somos, somos lo que tenemos, o sea, “nada”, convirtiéndonos solo en una parte más del engranaje inhumano de la modernidad.
Esta compulsión al derroche, a la acumulación, a la apropiación y a lo superfluo nos lleva vacíos al final del juego.

La risa, remedio infalible…
Y entonces nos damos cuenta un día de ¿Por qué tenemos 25 juegos de platos que jamás usaremos?, ¿esa almohada ergométrica que nos salió más cara que un asado para 45 personas?, esas fundas térmicas para los asientos del auto que nunca usaremos, esas decoraciones que compramos y jamás pondríamos, ese licor intomable que yace en el fondo del armario y que venció en el año 64 con la leyenda “recuerdo de..:”, los hamster que se cansaron de dar vueltas en la rueda y se terminaron muriendo de gentefobia, ni hablar de los «Tamagotchi», televisores hasta en el baño, esa lencería erótica taiwanesa que ahora duerme en el fondo del cajón al lado de los pañuelos bordados por la abuela, las chalinas, el deshabillé y los zoquetes de lana con el logo de Mambrú.
¡Ni qué hablar del pastillerío!, cajones y más cajones repletos de grageas para dormir, para despertarse, para orinar, para la memoria, para no recordar tanto, para adelgazar y muchas más para que nuestra mujer se ría un poco menos de nuestra performance.
Y sí… somos esclavos de esta catarata infernal de “llame ya” para ser felices, que nos pasamos la vida endeudados en cuotas para vivir en minicuotas.
Y a pesar de mi pluma exagerada- ¿no es verdad que todos hemos sido víctimas de esta moderna sumisión de creer que debemos vivir de acuerdo a como nos obligan estos paladines de lo políticamente correcto?. ¿Acaso estos imperios no necesitan convencernos que sólo consumiendo taparemos la angustia de saber que tenemos fecha de vencimiento? Lo más desechable de una sociedad de consumo es la gente que la consume, los producción siempre va a persistir mientras exista un hombre a quien hacerle creer hasta las bondades de una manzana, aún cuando el vendedor tenga forma de serpiente.
Estamos condenados a gastar, a usar, a deglutir este “maná” moderno, estamos –como decía Pink Floyd- en la pared, como otros ladrillos huecos más.
Advierto que no estoy en contra del consumo racional y responsable, que como todo progreso bien usado, es creador de empleos, confort, y disfrutes. Aclaro, porque nunca falta el que lee sólo lo que su culpa le dicta y me puede tratar de ingenuo y boludoide, cosa que asumo, pero. .. una cosa es hablar de mejorar la calidad de vida y otra de ser partícipes de su destrucción, ¿no?

Una pila de vida…
Pero como es inevitable ésta decadencia humana, por lo menos si nos damos cuenta, le ponemos humor y nos divertimos un poco. La suegra de un amigo mío –ávida consumista- tiene 3 perros de yeso en el jardín al lado de los gnomos pintados con acrílico, una cama de agua bendita, una bicicleta fija en cada pieza (dos con marcha atrás), medio centenar de libros de autoayuda, crema facial hecha con lodo de «cuero del zorro», un antifaz para dormir y otro para cuando está con el amante, una enagua con la cara de Arnaldo André y por si fuera poco un jardinero al que le enseñó frases en inglés para no olvidar jamás sus ardientes viajes a Jamaica y sus ardientes nativos!!!

Hijos del tarjeteo
Yo me di cuenta que había caído en la trampa un día que me encontré luchando con un cepillo eléctrico que no funcionaba y que resultó ser algo parecido que quitó fuera de sí mi hermana de mis manos. Y hoy día vivo pidiendo créditos para pagar otros créditos. Mientras desayuno comida macrobiótica con speed, escucho en mis I phones los geniales rimas de Arjona, envestido en mis nuevas calzas flúo, llamo con mi bluetooth manos libres a mi mecánico mental, prendo el LCD 92″ para ver “consumiendo por un sueño” llamo luego al delivery para que me traiga un Felfort sin calorías, luego ato el dogo importado al lado de la cerca con alarma de 12.000 voltios, dejo prendido el riego por aspersión, cierro el motor de la piscina de agua corriente, cargo mi cuarta notebook última generación, me pongo el entretejido y mientras cuelgo mis “lentes” tridimensionales en el cuello de mi camisa de seda italiana, enfilo despacio a mi descapotable serie única, no sin antes pasar por mi dormitorio en donde mi mujer sigue practicando un nuevo tipo de gimnasia con nuestro exclusivo personal trainer!!!

Últimas imágenes del naufragio
En fin, no pontifiquemos después en diarios, programas y revistas sobre lo malo del “consumo extremo” cuando todo, pero todo guía a nuestros hijos a esta cultura dependiente, en donde para ser «feliz» tenés que tener y poseer. Leía que los 20 países más ricos del mundo han consumido en este siglo más materia prima y recursos energéticos no renovables, que toda la humanidad a lo largo de su historia y prehistoria.
La marginalidad, la discriminación y la inseguridad son frutos pútridos de esta siembra feroz.
Grandes males de estos últimos centenios como la contaminación, la narcodependencia, el workholismo, y decenas de otras tantas patologías, son producidas por el estrabismo creciente con el que el mundo nos obliga a mirar el futuro cada vez más extraviado.
Pero no me quiero poner serio porque me marca las arrugas en mi nueva cara botulímica…aunque reitero -por si las moscas- que no estoy en contra de la alegría de llegar a disfrutar algo del crecimiento y sobre todo que los que no tienen tanto tengan lo más parecido a los que tanto tienen, …y no de volvernos esclavos del consumo de tal manera que este sea más importante que la persona que tenemos a nuestro lado…en esta pandemia espero hayamos aprendido a cuidar lo importante, los afectos, la humanidad, el mundo, la naturaleza, la vida. Llenémonos de más gente y de menos cosas, por eso me despido hasta la próxima porque tengo turno en el cirujano para un levantamiento de glúteos y además ver si puedo renovar un plazo fijo ¡de la época de Cavallo…!